El crimen de ser Camila Vallejo y la comodidad de ser Cathy Barriga

“A los mismos medios que alaban a Barriga no les parece tan bien. No les agrada que la parlamentaria sea madre y ejerza su maternidad de una manera menos idealizada y más real”.

Cuando Cathy Barriga se convirtió en alcaldesa electa de Maipú, mucha gente aplaudió, celebró y los medios la persiguieron un día entero para que hablara con todo programa matinal que existiera. Una vez que la cámara la iluminaba, ella simplemente sonreía y con una humildad muy bien aprendida agradecía a todos sus felicitaciones. Repetía constantemente que no se arrepentía de su pasado de mujer farandulera, pero también enfatizaba en el hecho de que ella hoy era de otro tipo: una señora con familia y responsabilidades no sólo municipales sino también como madre y esposa. Lo que al parecer para ella era lo más fundamental.

Esto los medios lo recalcaban: ella se había alejado del pecado farándulero para hoy ser una mujer de casa, que se preocupa mucho por su marido y sus hijos. Objetivos que curiosamente aún parecen relevantes para la particular la mirada de ciertos canales de televisión y diarios.

Por otro lado, en la otra vereda tenemos a Camila Vallejo. A ella no se la ve tan agradecida ni humilde, sino consciente de lo que es y de lo que ha logrado. Esto, a los mismos medios que alaban a Barriga no les parece tan bien. No les agrada que la parlamentaria sea madre y ejerza su maternidad de una manera menos idealizada y más real. Menos patriarcal y más concreta y de acuerdo a los tiempos que corren. Por lo mismo intentan constantemente crear en la opinión pública todo tipo de suspicacia con respecto a su vida privada y al sueldo que gana como parlamentaria.

No hay nada peor para una cierta percepción de la realidad que una mujer sea de izquierda y más encima sea remunerada. Nos enseñaron durante años que la izquierda es peligrosa, pero sobre todo se nos grabó en la cabeza que una mujer independiente y con claridad acerca de su futuro, lejos de los clichés, era algo a lo que debíamos temer sin concesión alguna. Por lo mismo es que a muchos su figura los violenta, y encuentran en su determinación algo así como una afrenta a sus “valores” enseñados en casa.

En Cathy, en cambio, ven el rescate de la “feminidad”, de lo rosa, de la sutil sumisión moderna a los cánones del discurso de las cúpulas. Porque, si bien ella formó parte de programas en los que las experiencias la obligaban a pasar por el lado de todos esos cánones y hacerse cargo de su vida desde muy temprano, lo cierto es que dejó todo eso enterrado para así entregarse a los placeres de cierta respetabilidad basada en normativas morales obsoletas. Y así ser aceptada en el núcleo de la familia Lavín.

Camila Vallejo y Cathy Barriga representan dos visiones sobre el rol de la mujer. Mientras la diputada intenta día a día lidiar con la insistente y antojadiza estigmatización a raíz de su libertad personal y sus ideas políticas, Barriga se refugia en los cómodos pasillos del discurso añejo y servil. Por ello es que sonríe y asiente sin dar opiniones filudas ni punzantes, sino que prefiere olvidarse de ese pasado del que dice enorgullecerse, ocultándolo bajo una fachada conservadora y sumisa.

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